El día que mi padre prendió fuego al taller

Quizá esto no ocurrió así en realidad, quizá nunca ocurrió, pero así es como me lo imagino, pues yo no estaba allí… He aquí el relato de como mi padre prendió fuego al taller.


Todo comenzó con la llegada de La Raimunda. Cuando mi padre la vio apilada en aquel almacén de trastos olvidados en el que el tiempo se había parado mucho tiempo atrás, atravesaron su mente recuerdos de su niñez, de sonidos y olores de otra época, de policías recorriendo las carreteras en motos que se convertían en el oscuro objeto de deseo de niños, jóvenes y adultos. Cuando esa Sanglas salió de su fábrica en Hospitalet de Llobregat en 1966, mi padre apenas tenía 11 años, jugaba en la calle de un pequeño pueblo de Cáceres, ajeno a lo que sucedía a mil kilómetros de distancia. Lo que él no podía adivinar en ese momento era que años más tarde, durante sus años de universitario en Salamanca, se cruzaría con esa moto azul eléctrico, aún sin modificaciones ni su color rojo actual, en todo su esplendor de moto robusta de la época. Fue en ese momento en el que decidió que tendría una Sanglas, y así fue, pues sólo 5 años más tarde adquiriría una flamante 400F, verde, a la que le adaptaría unas maletas, para poder utilizarla en sus visitas de médico de montaña.

Día de toros en Navas del Madroño

Cuando la vio, sucia y maltratada como estaba, debajo de esa capa de polvo y de años, que como pasa con los años, no habían pasado en balde, no la reconoció, ¿quién podría haberlo hecho? Pero sí reconoció esa sensación que había tenido tantos años atrás, en una plaza de Salamanca, rodeado de compañeros, de sueños y con algo más de pelo. En ese momento supo que tenía que restaurarla.

Restauración Sanglas 400T

– Papá, ya he terminado por hoy, no voy a empezar a desmontarla porque no vendré hasta dentro de dos semanas y aún tenemos la Ducati y la Benelli sin terminar. Si quieres puedes empezar a quitarle todos los chismes que tiene encima, pues van directos a la basura, ¡pero haz fotos de todo!

– Sí, sí, no te preocupes. No creo que me ponga porque tengo muchas cosas que hacer, vete tranquilo.

Creo que fue nada más escuchar mi coche alejándose del taller cuando quitó el primer tornillo.

Lo supe cuando llegué a casa esa misma noche y ya tenía el móvil lleno de fotos de mi padre.

– ¡Papá!

– Sí, sí, nada… era para dejarla preparada para cuando empecemos a restaurarla, nada serio.

– Vale, pero intenta que salgan más enfocadas, que de noche con el móvil salen regular y luego no las podemos poner en el blog.

Desconozco cómo acabó la Raimunda esa noche, puede que ya estuviera completamente desmontada, sólo sé que continué recibiendo fotos hasta mucho después de haberme quedado dormido.

Creo que no se conformó con desmontar las piezas que íbamos a desechar. Cuando se despertó también se despertó en su cabeza una idea. Una idea descabellada.

– Papá, este correo que me has mandado…

– Sí, ¿lo tienes?

– ¿Para qué necesitas el circuito eléctrico? ¡Faltan meses hasta que empecemos a restaurarlo!

– Sí, bueno, quiero comprobar una cosa…

No tuve más remedio que enviárselo, ¿qué podía hacer yo? ¿Cómo podía aventurar la que se nos venía encima?

Restauración Sanglas 400T

Con la moto ya desnuda, a excepción de sus partes más nobles, que forzosamente debían permanecer en su sitio para lograr sus más oscuros objetivos, mi padre, en secreto, instaló los cables indispensables de la moto. Cable azul de batería a masa. Cable morado a bobina. Cable verde de bobina a masa de nuevo. Me imagino a la Sanglas, mirando de reojo con una mezcla de incredulidad y terror. Pero, ¿es que no me ves?

De cualquier combustible que hubiera podido hacer arder el taller.

Llegó aún más lejos en sus ensoñaciones, privándola de un carburador que jamás había sido separado del motor, tal era la capa de óxido que lo guardaba. Con calma, gasolina y aire comprimido fue limpiando los chiclés que habrían impedido el paso de cualquier combustible. De cualquier combustible que hubiera podido hacer arder el taller.

Restauración Sanglas 400T

Era ya noche cerrada, pero eso no importó. Devolvió el carburador a su lugar original y lo llenó de gasolina, una vez más. La moto había olvidado ya ese olor, acostumbrada como estaba a un destierro, sólo alterado por la visita de algún pequeño roedor, o por los rayos de sol que se colaban cada tarde a partir del mediodía por el hueco roto de la puerta de madera. Lo había olvidado, pero no del todo. Nunca se olvida del todo.

Ya no había marcha atrás.

Cargada como estaba de gasolina, con el aturdimiento propio de recibir corriente eléctrica después de años de encierro, y el asombro de que alguien le prestara atención a una vieja y olvidada máquina, no tuvo más remedio. Tuvo que salir ardiendo.

Mi padre había prendido fuego al taller. Ya no había marcha atrás. Sin embargo, aquel sonido, aquel olor, aquel sentimiento de una plaza de universidad, de cuarenta años atrás, estaba más cerca que nunca.

Suscríbete ahora y llévate GRATIS la guía Tu Cafe Racer por 1.500 € en 5 pasos.

Cafe Racer barata

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *