Buscando cuestas: el primer viaje con Azahara. Segunda parte.

La moto se estaba quejando por algo, de eso no había duda, la dejé descansar y yo me senté a unos metros a mirarla, para no molestarla demasiado.

Restauración BMW R45

Nuestra segunda cita estaba a punto de saltar por los aires con una bofetada y un portazo, y por supuesto con la cuenta por pagar. Si Azahara había gripado ya podía ir llamando a una grúa, la moto no se iba a mover de ahí, y la broma no me iba a salir barata.

Fue entonces cuando recordé cómo mi scooter había emitido ese mismo ruido algún tiempo atrás, un día que se había quedado sin gasolina. Mi scooter no tiene nombre, quizá no tenga el alma que pueda tener Azahara, pero eso no le quita el derecho a quejarse como ella.

No le encontraba el sentido, pero entre atormentarme pensando que había gripado a la primera de cambio o buscar otras alternativas, prefería la opción de la gasolina. Abrí el depósito y efectivamente, me quedaba lo justo para llegar a la próxima gasolinera, exactamente 2 litros según el manual. Moví el grifo del depósito a la posición de reserva y pulsé con miedo el botón de arranque.

Esta vez arrancó a la primera, sin titubeos. Se escuchó su lamento unos segundos hasta que la gasolina llenó su carburador BING de membrana. No perdí más tiempo y corrí hasta la siguiente gasolinera, donde llené el depósito hasta arriba.

La moto no hacía nada, y no había ninguna cuesta a la vista.

Como aún tenía el miedo metido en el cuerpo, decidí parar a tomar algo y descansar. Aún no estaba convencido de que el ruido fuera por falta de gasolina, y me quedaban dos tercios de camino como para jugármela con un gripado en medio de la carretera.

Fue entonces cuando vi la segunda Impala. ¿Qué estaban intentando decirme? En cuatro años en Sevilla nunca había visto una Impala y de pronto ese día me había encontrado con dos. Era algo así como, ¿por qué nos has abandonado por una alemana?

Montesa Impala Sevilla

Efectivamente debía de ser algo así porque cuando pulsé de nuevo el botón de arranque de mi, ya no tan flamante BMW, ésta ni se inmutó. Nada. La moto no hacía nada, y no había ninguna cuesta a la vista.

A 100km de mi casa y con una moto de 300 kilos parada en la puerta de un bar. “¿Por qué zeñó, por qué?”

Esta vez no era falta de batería, pulsé el botón de la bocina y el resto de parroquianos que aún no se había dado cuenta de que yo no era de allí, de que la moto era “nueva” y de que no arrancaba, puso sus ojos en mí. Ya tenía la atención de todo el bar.

Nuestra relación había pasado del amor al odio en la segunda cita, tenía que recibir algo de su parte o sintiéndolo mucho Azahara iba a pasar a mejor vida. Parece que ella lo notó, porque al volver a pulsar el botón lanzó un rugido que volvió a captar la atención de todo el bar. O eso, o el apaño que hice con los maltrechos cables que iban del botón al motor de arranque… Pero esos secretos de alcoba quedan entre ella y yo.

No podía perder más tiempo, volví a la carretera asustado, estresado y enfadado con Azahara y conmigo mismo por haberme metido en este lío, pero quedaban 100km por delante que pensaba completar, costara lo que costara.

Y así fue. Tuve que parar un par de veces más, tras una de las cuales la moto volvió a no arrancar, sufrí el gélido aliento de coches y camiones mucho más rápidos que yo en la carretera, sobre todo en las curvas que aún me costaba tomar, recibí ráfagas advirtiéndome de que debía encender mis luces en un día tan nublado como ese, pero no podía arriesgarme a gastar ni una gota de batería… A pesar de todo ello, al fin, cinco horas más tarde, derrotado físicamente, enfilé la Avenida de la Palmera en Sevilla, justo cuando las primeras gotas de lluvia hacían su aparición en un final de película.

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¿Había merecido la pena? Hoy, más tranquilo, puedo decir que sí, posiblemente ha sido la segunda cita más difícil de mi vida, pero a Azahara tengo que perdonárselo todo, al fin y al cabo no fue ella la que decidió embarcarse conmigo en una aventura como esta, sin habernos conocido antes.

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