El taller. Recuerdos de un domingo lluvioso.

Quizá llamar taller al lugar donde encontré la Sanglas por primera vez sea cuanto menos pretencioso. Lo cierto es que la moto había ido a parar allí, como arrastrada poco a poco al rincón de los chismes, a medida que iba siendo menos moto y más eso, un chisme. Al no poderse mover, poco a poco fui trasladando las herramientas que encontraba a aquel lugar resguardado de la lluvia, que no del frío y del polvo, convirtiéndolo en un lugar de trabajo en el que pasaría horas y horas.

Restauración de motos clásicas

Su estado no se diferenciaba mucho del de la moto: sucio, con cosas en lugares en los que no debían estar y con el recuerdo de un pasado mejor. La primera y obligada tarea fue adecentarlo un poco, aún antes que la moto, ya que de nada valdría limpiar la Sanglas si al guardarla iba a atraer sobre sí toda la suciedad que la rodeaba.

Restauración de motos clásicas

Al estar abierto, en invierno hacía frío, mucho frío, y en los veranos extremeños, mucho calor. Además, al tener un picadero al lado, la lucha contra el polvo era constante. Todo esto no iba a servir de excusa para frenar mis ganas de ver rodar a la Sanglas. Por otra parte, no todo eran inconvenientes, ya que el hecho de estar en un espacio aireado, era requisito indispensable a la hora de trabajar con productos químicos, pinturas y gases de la combustión del motor.

Restauración de motos clásicas

Otra de las ventajas de este particular taller era la compañía. Aunque llegara temprano cada mañana y pasara las horas muertas intentando arrancar alguna bocanada de vida a la moto, estas tres pequeñas compañeras nunca pusieron una mala cara y siempre se alegraron de saludarme, día tras día, a pesar de que ensimismado como estaba en la tarea, no les hiciera mucho caso.

Restauración de motos clásicas

Con el paso del tiempo, a medida que íbamos avanzando en el proceso de restauración, fuimos organizando y adquiriendo nuevas herramientas, o en muchos casos simplemente fui encontrando dónde las escondía mi padre. Compramos una mesa de trabajo y otros elementos como el compresor o las pistolas de pintura, que fueron dando al taller un aspecto algo más profesional.

Un lugar así, con tantos frentes abiertos, fue el mejor banco de pruebas para tareas como la pintura. No podía arriesgarme a pintar la moto sin antes haber practicado con la pequeña Orbea o con otros elementos que me iba encontrando.

Cómo pintar una moto con pistola

Cómo pintar una moto con pistola

Hace algunos meses ya, mi padre decidió hacer obras en el recinto, y entre otras zonas, afectarían al rudimentario taller, por lo que provisionalmente tuve que trasladarlo a otro sitio, menos luminoso pero al resguardo de escombros y del polvo de la obra.

Hoy podemos decir que tenemos un taller en condiciones, en el que las horas se pasan volando y donde podemos recibir a amigos y curiosos que se pasan a vernos sin tener que advertirles para que agachen la cabeza y no dejársela contra alguna viga. La calefacción en invierno ha sustituido a las peligrosas hogueras con garrafas de gasolina al lado, y el banco y la grúa nos permiten trabajar con las motos sin tener que restaurar más tarde nuestros riñones.

Restauración de motos clásicas

Restauración de motos clásicas

Restauración de motos clásicas

El lugar donde encontré a la Sanglas, donde se despertó mi curiosidad por la restauración, pasó a mejor vida. Es difícil no sentir algo de nostalgia, sin embargo no deja de ser una restauración más, un paso intermedio para devolver a las cosas su esplendor original.

Restauración de motos clásicas

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