El motor viajero

Las tapas del cárter y de balancines habían quedado perfectas pero el contraste con el resto del motor era enorme y desmerecían aún más el estado del mismo. Había intentado empezar a decapar todo lo demás, sin embargo, lo incómodo de la postura y los innumerables recovecos de la pieza hacían de ésta una titánica tarea que a duras penas podría llegar a terminar. Tenía ganas de empezar con la puesta a punto de la moto y no quería dedicar días y días a, encogido, frotar la pintura del motor hasta darle el mismo aspecto que a las tapas pulidas.


Esto, unido al hecho de que por trabajo había tenido que cambiar de ciudad, con lo que sólo tendría a lo sumo un fin de semana al mes para trabajar con las motos, me convenció para finalmente descolgar el motor del cuadro de la Ducati y poder trabajar más cómodamente con él, a la vez que me permitiría llevarlo a mi nueva casa y seguir con mi pasatiempo entre semana, pues un único fin de semana al mes no era suficiente para matar el gusanillo.

Antes de empezar a descolgarlo hice un buen número de fotos de todo aquello que unía la moto con el motor, y que indefectiblemente tendría que desconectar para poder separarlo. En primer lugar, el alternador, situado en las entrañas del bloque motor y que cumplía la función de cargar la batería mientras el motor giraba, unido al regulador mediante tres cables, que marqué con números.

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El carburador era sin lugar a dudas el elemento más importante unido al motor, solté los tornillos que lo unían al mismo para dejarlo con el resto de la moto, pues no tenía intención de tocarlo por el momento.

Efectivamente el motor pesaba como un muerto

Decidí definitivamente desmontar el motor de arranque eléctrico, pues no había reparado la cadena que lo unía al resto del motor y lo único que hacía era aumentar el peso de la motocicleta y desestabilizar todo el sistema eléctrico.

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Por último desconecté el cable del cuenta revoluciones y del presostato, así como la pipa de la bujía.

Con el motor completamente independizado del resto de la moto a falta de soltar los tres tornillos pasantes que lo sostenían, decidí curarme en salud y anclar el mismo con cuerdas al cuadro, pues, si bien desconocía cuánto podía pesar, se me antojaba que un bloque metálico de esas dimensiones no podría ser muy liviano.

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Antes de comenzar a soltarlo vacié el aceite del cárter, que pedía a gritos un cambio.

Con todo dispuesto, aflojé y saqué los tornillos que faltaban y descubrí que efectivamente el motor pesaba como un muerto. Con cuidado de no dejarlo caer y utilizando las cuerdas como poleas conseguí ponerlo en el suelo, y haciendo un esfuerzo soberano meterlo en una caja de plástico.

La moto sin el motor parecía otra, siempre he pensado que lo que más me gusta de esta moto es su motor, mucho más clásico que el resto del modelo.

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Necesité ayuda para transportar el motor al maletero del coche y ni que decir tiene que estuvo oliendo a gasolina más de una semana, sin embargo lo más complicado fue transportarlo del coche a mi nueva casa, pues no pude aparcar en la misma calle ni tenía medios para poderlo transportar con facilidad. Estuve paseando por los alrededores buscando algo que pudiera ayudarme o darme alguna idea, hasta que al lado de un contenedor encontré un carrito de la compra abandonado. No hablo del carrito de supermercado metálico, sino de la típica cesta con ruedas que utilizan las señoras mayores para ir a la compra. Atando el motor con gomas a la cesta conseguí a duras penas arrastrarlo hasta mi bloque, ante la atónita mirada de todo aquel que me cruzaba. Tuve aún que subir varios tramos de escaleras hasta que finalmente llegué a casa.

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Quedaba inaugurada la nueva sucursal del taller y conseguía de esta manera continuar con la restauración de la Ducati, que con la mudanza me había visto obligado a aparcar.

Si bien el transporte había resultado una odisea, el decapado y pulido de todo el motor no iba a quedarse a la zaga. Al contrario, me llevó mucho más tiempo del que había pensado. La pintura que medianamente bien se despegaba de las tapas del cárter, mucho más lisas, se aferraba al resto de las piezas con ahínco, y las aletas del cilindro se convertían en lugares inaccesibles para cualquier tipo de herramienta.

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Usé todo tipo de elementos: decapante, estropajo de acero, cúter, bisturí, espátula, cepillo,… Al final me decidí a comprar una Dremel, pues para piezas pequeñas o de difícil acceso me acabaría viniendo de perlas y ahorrándome horas de trabajo.

Durante días y días trabajé en el decapado hasta que, más por agotamiento que por estar plenamente satisfecho con el resultado, lo di por terminado y pasé al pulido.

Como ya había imaginado, el resultado no sería el mismo que en la tapa brillante del cárter, sin embargo me gustaba mucho más que pintado de negro. No pude conseguir un acabado perfecto en las aletas, pues me resultaba imposible acceder a ellas, pero igualmente las había mejorado.

Una vez de vuelta al taller pude apreciar los resultados y montarlo de nuevo en la moto.

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Sin lugar a dudas me gustaba mucho más así que en negro, y la moto, una vez hubiera pulido llantas y escape mejoraría mucho su apariencia.

El motor estaba en su sitio, con todo conectado de nuevo, tal como estaba justo antes de desmontarlo, de modo que me dispuse a arrancarla por fin y dar una vuelta después de tanto trabajo.

Como no podía ser de otra manera, la moto no arrancó.

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2 comentarios en “El motor viajero”

  1. Estoy siguiendo la restauración de esta Ducati como si la estuviera haciendo yo haha enhorabuena por el blog y por la forma de redactarlo. Es ameno, interesante y para los que somos nulos en este mundo y estamos empezando se hace fácil de leer y de comprender. No puedo esperar para ver como avanza el tema.

    1. Muchísimas gracias Opi! Es un gran aliciente para nosotros el saber que hay alguien al otro lado!! Mañana publicamos el siguiente capítulo, espero que te guste! Un abrazo y muchas gracias de nuevo!

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