Azahara – Una historia de amor a primera vista

Ayer me enamoré. Ella se llama Azahara, o al menos eso creo yo, ella aún no lo sabe, pero es el nombre que le pega. Azahara por el olor que desprendían los árboles a su alrededor, y Azahara por Medina, pues fue allí donde la encontré.


Era un día lluvioso, un domingo. La tarde no invitaba a salir de casa, pero algo me rondaba la cabeza.

– Mamá, me voy a Córdoba.

– ¿A Córdoba?, pero si está a más de 200 kilómetros, ¡si no para de llover!

Ya no había nadie allí que pudiera responder la pregunta de mi preocupada madre, pues yo había salido como una exhalación, rumbo a la ciudad sultana.

Allí me esperaba ella. Azahara. Le conté lo de su nombre, y creo que le gustó. No recordaba como se llamaba antes de que yo llegara, pero Azahara le pareció un nombre adecuado.

Ella no es como las demás, tiene la misma edad que el resto pero…no sé, no me gustaría parecer grosero pero…, se conserva mejor.

Tiene un color rojizo, anaranjado, quizá por el sol de estos días de primavera, quizá porque nuestro furtivo encuentro la ruborizaba.

Hablé con su padre. Sí, con su padre. Ella es muy tradicional.

Su voz, porque a diferencia de las otras, ya tiene voz, ha hecho enmudecer a los pájaros que revoloteaban en los naranjos, dejando para nosotros sólo su voz y el olor a azahar. Hasta la lluvia se ha parado.

¡Y cómo se mueve! Porque a diferencia de las otras, ella también se mueve. Con calma, la calma que le han dado los años, los años que yo todavía no he cumplido.

Ella es muy refinada, de buena familia, de orígenes alemanes me ha contado. Yo no sé si creerla, pero le he seguido la corriente. Espero que esto no sea un problema.

Sí, reconozco que no sé nada de ella, que a mi edad debería pensar en asentar la cabeza, pero no puedo evitarlo. Me he enamorado.

Hablé con su padre. Sí, con su padre. Ella es muy tradicional, y yo no quería ofenderla, empezar con mal pie. Le pregunté si dejaría a su hija Azahara acompañarme. – ¿Azahara? – Me preguntó extrañado. Había olvidado que sólo yo sabía su nombre. Tras una breve negociación accedió. Trátala como se merece, me rogó.

Y yo… yo lo voy a intentar.

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